Durante ocho años creyó que estaba cuidando a sus padres. Daniela Márquez llevaba ocho años viviendo en Barcelona.
Había llegado a España con una maleta pequeña, algunos ahorros y una promesa que repetía cada vez que hablaba con sus padres: —Algún día voy a regresar y voy a arreglar nuestra casa.
Trabajaba largas jornadas y, cada mes, separaba una cantidad de dinero para enviársela a sus padres en México. Nunca consideró aquel dinero como un sacrificio. Para Daniela era una manera de estar cerca de ellos aunque estuvieran separados por miles de kilómetros.
Su madre siempre le agradecía las transferencias.
—Con esto compramos las medicinas de tu papá —le decía.
Su hermano Mauricio también se encargaba de tranquilizarla.
—No te preocupes por nada. Yo estoy pendiente de ellos.
Daniela confiaba completamente en él.
Por eso decidió regresar sin avisar.
Quería aparecer en la cocina de sus padres, abrazar a su madre y sorprender a su padre con una caja que contenía unas herramientas nuevas.
Pero al llegar a México descubrió que la sorpresa sería para ella.
