La cena que nunca cociné
La suposición de que yo les resolvería la vida cayó sobre la casa como una losa pesada. Bautista trabajaba desde casa con la puerta cerrada, saliendo solo para picar algo o preguntar si su ropa ya estaba seca. Alondra trabajaba medio tiempo, pero sus horas libres se las pasaba pegada al celular en el sofá mientras Gala dormía. Nunca preguntaban si yo iba a hacer de cenar; simplemente lo daban por hecho.
A las 6:30 de la tarde de un jueves, yo leía en la sala cuando Alondra asomó la cabeza. «¿Qué hay de cenar? Bautista se muere de hambre.» Cerré mi libro lentamente. «Yo me comí una ensalada hace rato. No sé qué tengan planeado prepararse ustedes.» Alondra parpadeó, desconcertada. «Pero si tú siempre cocinas, no sacamos nada a descongelar.» «Pues me imagino que tendrán que pedir una pizza», respondí en tono neutral. Resopló y subió las escaleras pisando fuerte. «Increíble. Nosotros trabajando todo el día y ella no puede ni meter un pollo al horno», susurró a Bautista antes del golpe seco de una puerta.
No sentí ni una gota de culpa. Al día siguiente empezaron a pedir comida a domicilio carísima cada noche, dejando cajas de cartón grasosas apiladas en la barra. Cuando el bote de basura se desbordó, Bautista simplemente armó una nueva pila en el piso. Saqué mi propia bolsita de basura, pasé por encima de su torre de cajas de pizza y me fui a mi paseo de la tarde. Si querían vivir en un chiquero, que lo administraran ellos mismos.
El sillón de mi aniversario
La verdadera prueba llegó el jueves siguiente. Regresé de mi club de lectura y encontré mi sala volteada de cabeza. Mi sillón de terciopelo favorito, el que mi difunto esposo me compró para nuestro vigésimo aniversario, había desaparecido. En su lugar había un enorme corral de plástico de colores chillones que dominaba la habitación y bloqueaba el paso al patio.
Encontré mi sillón arrumbado en el rincón más polvoso de la cochera, junto a cajas viejas. Una claridad fría y silenciosa me invadió. No subí furiosa. Me arremangué. En veinte minutos desarmé el corral, apilé los paneles en el pasillo, arrastré mi sillón de vuelta, lo sacudí y lo puse exactamente donde iba.
Cuando Alondra bajó, se puso roja del coraje. «¿Qué hiciste? ¡Gala necesita ese espacio!» Me senté en mi sillón alisando la tela. «Gala tiene toda una recámara arriba, además del cuarto de televisión. Este es mi rincón de lectura.» «Es solo un sillón. Te estás portando súper egoísta.» «Esta es mi casa, Alondra», respondí sin levantar la voz. «No mueves mis muebles sin preguntar. Si necesitan más espacio, son muy libres de buscarse un departamento más grande.»
Bautista apareció al pie de las escaleras. «Ya hay que ponerlo en el otro cuarto y ya, no pasa nada.» Ella lo fulminó con la mirada, agarró los paneles de mala gana y se los llevó arrastrando, murmurando sobre lo insoportable que yo era. En ese momento me cayó el veinte: no solo estaban compartiendo mi casa, estaban tratando de borrarme poco a poco de ella.
