Llegué a la casa de mi hija Lorena en San Pedro Garza García con una botella de vino y una tarjeta, convencido de que íbamos a celebrar su aniversario de bodas. Antes de tocar el timbre, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Arturo Salinas, mi abogado de toda la vida: «No firmes nada. Llámame ahora.» Dos minutos después de esa llamada, supe la verdad. Mi propia hija quería fabricar un expediente para declararme incapaz y vender mi rancho.
Me quedé quieto en la entrada. La fachada de la casa era enorme, con ventanales altos y una fuente al centro. Para cualquiera parecía una mansión sólida, pero yo sabía de construcción. Vi pintura fresca sobre humedad, grietas finas y adornos caros encima de una casa sostenida por deuda. Me aparté bajo un árbol ornamental y llamé a Arturo.
La advertencia del abogado
«Bernardo, escúchame bien», me dijo. «Lorena mandó un mensajero a mi despacho. Quiere que revisemos un poder amplio sobre tus bienes. Dice que tienes deterioro cognitivo severo. Ya tiene un comprador interesado en tu rancho de Santiago. Quieren firmar una promesa de compraventa y usar un dictamen médico para presionar al notario.»
Sentí que la botella se me resbalaba de los dedos. Mi rancho: casi 80 hectáreas en Santiago, la tierra que compré cuando todavía llegaba a las obras antes que los albañiles, el lugar donde Catalina y yo planeamos envejecer, donde enseñé a Lorena a andar en bicicleta y donde levanté la casa con mis propias manos.
«Están diciendo que no puedes decidir», siguió Arturo. «Si esta noche firmas cualquier papel, aunque te digan que es algo sencillo, pueden usarlo para reforzar esa versión. No firmes nada.»
De pronto todo tuvo sentido. Las invitaciones a cenar, la preocupación repentina por mi memoria, las llamadas de Lorena preguntando si había pagado el predial, las preguntas de Javier sobre el valor de la tierra. No era cariño, era una maniobra. Ellos creían que yo era solo un viejo retirado, un exmaestro de obra con pensión y camioneta usada. No sabían que seguía siendo dueño de una parte importante de Grupo Constructor Ramírez del Norte. Mi nombre no salía en revistas porque así lo quise, aunque muchos edificios de Monterrey tenían mi dinero y mis manos en los cimientos.
