La confrontación
Al amanecer, manejé hasta la casa que aparecía en el sobre más antiguo. William abrió la puerta y me dijo, con frialdad, que Caleb había elegido irse al enterarse del embarazo. No le creí. Exigí escucharlo del propio Caleb. Desde el interior, una voz pidió que su padre se apartara.
Caleb salió al porche, agotado. Confesó que me había reconocido desde el primer momento en la librería y que llevaba dos años sin atreverse a contarme la verdad, temiendo que viera en él a su padre. La noche que le hablé del embarazo, condujo hasta esa casa y obligó a William a admitir lo que le había hecho a mi madre. Su padre le propuso un trato: alejarse hasta que Nora naciera a cambio de liberar el fideicomiso de 1,6 millones que su abuelo le había dejado. Caleb aceptó, pensando que así rompería para siempre el control de William sobre ambos.
Decidir por mí misma
Escucharlo me dolió tanto como su desaparición. Le dije que cada hombre que decía amar a las mujeres de mi familia había decidido por ellas qué podían saber: William con mi madre, el abuelo con mi infancia, y ahora él con nuestra hija. Con lágrimas en los ojos, Caleb pidió conocer a Nora. Le respondí como madre, no como la mujer que lo había amado: podía ser el padre de nuestra hija, pero no volveríamos a estar juntos.
