Mientras tanto, yo estaba justo detrás de Ezra con Charlie en brazos, mientras Sophie me tiraba de la manga porque necesitaba ir al baño.
Nadie se dio cuenta.
En otro almuerzo familiar, Diane me apartó mientras Ezra estaba sentado afuera bebiendo cerveza con sus primos.
“Sabes”, dijo, “a veces creo que Ezra hace más por los niños que tú.”
La miré fijamente.
“¿Qué?”
Deberías darte cuenta de la suerte que tienes. Muchos maridos no se involucran ni de lejos tanto.
Sentí que me ardía la cara.
Charlie se había despertado tres veces la noche anterior.
Ezra había dormido plácidamente a pesar de todos los llantos.
Quería decírselo.
Quería explicarle que yo era la que conocía el horario de alimentación de Charlie, el calendario de la guardería de Sophie, qué pijamas le gustaban, cuándo había que reponer la bolsa de pañales y dónde estaba cada medicamento, juguete, biberón y manta en casa.
En vez de eso, dije:
“Cierto”.
De camino a casa, por fin confronté a Ezra.
“Tu madre cree que te dedicas más a la crianza que yo”.
Se rió.
“¿De verdad dijo eso?”.
“Sí”.
“Qué gracioso”.
“A mí no me hizo ninguna gracia”.
