Esa noche, todo lo que yo creía tener claro empezó a desmoronarse.
El grito en la madrugada
Serían cerca de las doce de la noche cuando escuché su grito desde el baño. Fue un sonido crudo, animal, un lamento que no venía de la garganta sino de un lugar mucho más profundo. Me atravesó de un lado al otro. Salté de la cama y corrí por el pasillo sin pensar en nada.
La encontré desplomada sobre las baldosas, doblada sobre sí misma. Debajo de ella se estaba formando un charco de sangre que crecía a una velocidad aterradora. Sus manos, sus muslos, el borde del pijama que yo misma le había prestado, todo estaba manchado de rojo.
Ella no dejaba de murmurar la misma frase, una y otra vez, como un rezo roto:
—Perdón… perdón… perdón…
No pensé. No hubo tiempo para pensar. Todo el resentimiento acumulado durante meses se hizo a un lado en cuestión de segundos. Me arrodillé junto a ella, le sostuve la cabeza contra mi pecho y con la otra mano marqué a emergencias. Le hablaba sin parar, le decía que respirara, que aguantara, que la ambulancia ya venía en camino. Le pedía que no cerrara los ojos.
Mientras esperábamos, agarré toallas del armario y traté de contener la hemorragia como pude. Sentía su cuerpo temblar contra el mío, cada vez más frío. Ella seguía repitiendo esa palabra, “perdón”, como si en medio del dolor físico la persiguiera algo peor, algo que no se cura con puntos ni con suero.
Los paramédicos llegaron rápido, aunque a mí me pareció una eternidad. Entraron al baño, la evaluaron en el piso y confirmaron lo que yo ya intuía: había perdido al bebé. La subieron a la camilla y me miraron esperando una decisión. No lo dudé. Agarré un abrigo, cerré la casa detrás de mí y me subí a la ambulancia con ella.
