Durante toda su infancia, ella cargó con un dolor silencioso. En la escuela la llamaban «bruja», «pico de pájaro» o simplemente «la nariz». Con el paso del tiempo, aprendió a esconderse: evitaba las fotografías, giraba la cabeza al conversar y llegó a odiar su propio reflejo en el espejo.
Todo empezó a cambiar cuando conoció a Daniel. Él le repetía sin cansancio que era hermosa tal como era. Sin embargo, las heridas de la infancia no desaparecen con una frase de amor. Después de años ahorrando en silencio, finalmente reservó la cita para la rinoplastia que tanto había soñado.
La operación soñada y un regreso a casa inquietante
La cirugía transcurrió sin complicaciones. El médico le advirtió que estaría muy inflamada durante varias semanas y que el resultado final tardaría en verse. Daniel la recogió de la clínica, le tomó la mano durante todo el trayecto y se mostró más atento que nunca.
Pero al entrar a casa, ella se quedó petrificada. El espejo de la sala había desaparecido. También el del pasillo, el del baño y el del dormitorio. No quedaba una sola superficie en la que pudiera verse reflejada.
—Daniel… ¿qué pasó? —preguntó desconcertada.
Él evitó mirarla a los ojos.
—No podía dejarlos ahí. No quiero que te mires todavía.
Ella intentó reírse, pensando que se refería a la hinchazón. Pero él negó lentamente con la cabeza. Antes de que pudiera explicarse, alguien tocó la puerta con insistencia.
