Una chica gótica empezó a visitar a mi madre de 73 años todos los sábados. Después del funeral de mi madre, la chica me entregó una llave y me dijo: “Tu madre me pidió que te diera esto solo después de que ella ya no estuviera”.

Se sentó a la mesa de la cocina de mamá, en la misma silla donde la había visto por primera vez.

—¿Cómo se hicieron amigas tú y mamá?

—Insultó mi libro.

A pesar de todo, sonreí.

—Eso suena muy a ella.

Raven también sonrió.

—Empezamos a hablar. Le conté que mi madre y yo no nos hablábamos porque odiaba que hubiera dejado la universidad para ser tatuadora.

—¿Y mamá te habló de Elaine?

—Sí.

—Así que te insistía en que llamaras a tu madre.

“Todos los sábados.”

“Y tú le decías que llamara a Elaine.”

“Más o menos.”

Miré mis manos.

“¿Por qué no me lo dijo?”

Raven dudó.

“Le daba vergüenza.”

“¿Por qué?”

“Llevabas años diciéndole que contactara con Elaine. Ella se negaba. Entonces, alguien que apenas conocía le dijo lo mismo, y de repente quiso intentarlo.”

Raven se inclinó hacia adelante.

“Maeve, tu madre no me eligió a mí en vez de a ti.”

Levanté la vista.

“Simplemente le daba menos vergüenza admitir que tenía miedo a alguien que no la había visto pasar años fingiendo que no lo tenía.”

Eso se me quedó grabado.

A la mañana siguiente, conduje hasta la casa de Elaine.

La carta sellada de mamá estaba dentro de mi bolso.

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