La ubicación y la forma aparentes de su fuente pueden verse alteradas por la atmósfera que ha atravesado dicha luz.
El cerebro añade otra capa de misterio
La física por sí sola no explica completamente por qué una imagen así puede resultar tan extraordinaria.
El cerebro humano interpreta constantemente información visual.
La mayor parte del tiempo, esto ocurre tan rápido que ni siquiera lo notamos.
Vemos una silla e inmediatamente la reconocemos como tal.
Vemos el rostro de una persona e identificamos al instante sus rasgos básicos.
Vemos una silueta con forma de animal y empezamos a interpretarla antes de analizar conscientemente cada detalle.
El mismo proceso ocurre cuando nos encontramos ante fenómenos naturales ambiguos.
Cuando aparece una forma luminosa inusual en el cielo, el cerebro intenta encontrar un patrón familiar.
Si la forma se asemeja a una persona, la mente puede interpretarla como una figura humana.
Si parece moverse, el movimiento puede reforzar la impresión de que la forma está viva. Si la imagen cambia gradualmente, el cerebro puede interpretar esos cambios como un movimiento deliberado.
Nada de esto significa que el observador esté imaginando la luz.
El fenómeno en sí puede ser completamente real.
Lo que cambia es la forma en que el cerebro lo interpreta.
Por qué la forma puede parecer casi viva
Un objeto estático es relativamente fácil de comprender.
Una forma que se mueve o cambia es algo distinto.
La luz atmosférica puede centellear a medida que varía la densidad del aire. Las nubes pueden alterar la cantidad de luz que llega al observador. Los cristales de hielo pueden cambiar de posición. Los bordes aparentes de una zona luminosa pueden expandirse o contraerse.
Para el ojo humano, esos cambios sutiles pueden asemejarse al movimiento.
El movimiento está fuertemente asociado a los seres vivos.
Si una forma brillante parece cambiar de posición o de aspecto, el cerebro busca naturalmente una explicación.
Puede parecer que el objeto se mueve intencionadamente.
En realidad, el movimiento puede deberse a cambios en las condiciones atmosféricas y en la iluminación.
La luz no necesita tener un destino.
