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El internet, el siguiente golpe

Oriana pensó que era un berrinche pasajero, pero aún no había revisado la contraseña del wifi. Lisandro hacía home office tres días a la semana y Oriana pasaba las tardes viendo series y administrando su blog de estilo de vida. Ambos consumían el ancho de banda como consumían la despensa: con voracidad y sin remordimientos. Isadora pagaba el paquete más alto de internet de fibra óptica, cobrado automáticamente el primer día de cada mes.

A las 9 en punto, mientras podaba los rosales, Lisandro salió al patio con la laptop en la mano preguntando si había movido algo del módem. Ella le informó con calma que lo había cancelado esa misma mañana y que el técnico pasaría al día siguiente por el equipo. Lisandro palideció: tenía una junta por Zoom en 20 minutos y Oriana estaba enloqueciendo porque su Smart TV no se conectaba. Isadora explicó que, como inquilina, solo necesitaba internet básico, así que había contratado un plan de datos para su tableta, mucho más económico. Oriana salió furiosa al patio reclamando que también vivían allí, pero Isadora la corrigió: ellos residían allí, pero era ella quien pagaba los servicios. Si querían internet de alta velocidad, tendrían que llamar a la compañía y abrir una cuenta a su nombre. Los vio marcharse en sus coches, discutiendo a gritos, mientras una satisfacción profunda y desconocida se instalaba en su pecho.

La cochera vuelve a ser suya

Cuando Fausto vivía, la cochera para dos autos albergaba su banco de carpintería y el sedán de Isadora. Durante el último año se había convertido en un cementerio de compras impulsivas de Oriana: torres de cajas, adornos de temporada nunca usados y una bicicleta fija empleada apenas dos veces bloqueaban por completo su coche. Isadora llevaba meses estacionándose en la calle, soportando frío y lluvia, mientras el imperio de cartón permanecía seco.

Esa tarde, mientras ellos andaban buscando una red wifi, entró a la cochera con bolsas de basura industriales y un diablito de carga. No tiró nada, para no darles motivo de victimizarse. Movió cuidadosamente cada caja, cada contenedor y la bicicleta fija hasta el techo del patio trasero, apilándolo todo con orden. Le tomó tres horas y le dolía la espalda, pero era el dolor de recuperar las riendas de su vida. Barrió el piso de cemento hasta dejarlo impecable y subió su coche a la rampa. El sonido de la puerta eléctrica cerrándose sonó como campana de victoria. Cuando Lisandro y Oriana regresaron a las 6 de la tarde, Oriana entró pisando fuerte a la cocina reclamando por sus cosas. Isadora, pelando una zanahoria con cortes precisos y rítmicos, respondió sin levantar la vista que necesitaba guardar su coche en su cochera. Ante la queja de Lisandro de que cualquiera podía robarles las cosas, ella les sugirió que rentaran una bodega.

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