Hubo unos segundos de silencio.
—Encontramos una sustancia que no debería estar en una bebida de consumo diario. Puede provocar somnolencia intensa, mareos, confusión y, dependiendo de la cantidad y del tiempo de exposición, problemas mucho más graves.
Me quedé sin palabras.
Durante seis años había bebido aquella preparación.
Seis años confiando en el hombre que dormía a mi lado.
—¿Es venenosa? —pregunté finalmente.
—No exactamente. Pero sí es una sustancia que puede utilizarse para sedar. Lo más preocupante es que la cantidad encontrada no parece accidental.
Sentí un escalofrío.
Entonces recordé todas aquellas noches en las que Ethan insistía en que terminara el vaso.
Recordé las veces que había despertado aturdida.
Los pequeños olvidos que antes atribuía a la edad.
Los días en que me sentía inexplicablemente agotada.
Y, sobre todo, recordé una conversación de meses atrás.
Ethan me había preguntado, casi casualmente:
—Amor, ¿alguna vez has pensado en actualizar tu testamento?
En aquel momento me había reído.
—¿Por qué?
—Porque nunca se sabe qué puede pasar.
