Cuando la niñera número treinta y siete salió llorando de la mansión, Alejandro Ferrer ni siquiera levantó la mirada de los documentos que tenía sobre el escritorio. Se limitó a decirle a su administradora: —Págale lo que corresponde y busca a otra. Si tampoco puede controlar a mi hija, que no dure ni una semana. Durante casi dos años había repetido la misma orden. Algunas niñeras permanecieron meses; otras apenas unas horas. Ninguna parecía conseguir acercarse a Valentina, su hija de ocho años, que desde la muerte de su madre se había convertido en una niña silenciosa, desconfiada y prácticamente imposible de sacar de su habitación.
Aquella misma tarde, Alejandro regresó temprano y encontró algo que lo dejó paralizado. Valentina estaba sentada en el suelo del jardín, descalza y cubierta de tierra, riéndose mientras Esteban, uno de los empleados de mantenimiento de la mansión, construía con ella una pequeña casa de madera. Alejandro llevaba exactamente un año, nueve meses y trece días sin escuchar aquella risa. Estaba a punto de exigir una explicación cuando su hija levantó la cabeza y pronunció cinco palabras que cambiarían para siempre aquella casa: —Papá, él encontró a mamá.
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Alejandro Ferrer tenía cuarenta y ocho años y una fortuna construida en el sector inmobiliario.
Poseía hoteles.
Edificios.
Terrenos.
Una empresa con cientos de empleados.
Y una mansión donde había habitaciones que él no visitaba desde hacía años.
La gente decía que podía conseguir cualquier cosa que quisiera.
No era verdad.
No podía recuperar a su esposa.
Sofía había muerto dos años antes en un accidente.
Tenía treinta y nueve años.
Una tarde salió de casa para visitar a su hermana y nunca regresó.
Alejandro recibió la llamada mientras estaba reunido con inversionistas.
Cuando llegó al hospital ya era demasiado tarde.
Valentina tenía seis años.
Durante las primeras semanas después de perder a su madre lloraba constantemente.
Después dejó de llorar.
Y poco a poco comenzó a dejar de hablar.
Primero con desconocidos.
Después con profesores.
Finalmente incluso con su padre.
Los médicos descartaron diferentes problemas físicos y la familia recibió apoyo profesional. Alejandro hizo lo que siempre hacía frente a algo que no podía controlar:
intentó solucionarlo con recursos.
Los mejores especialistas.
Una nueva escuela.
Actividades.
Viajes.
