Profesores privados.
Y niñeras.
Muchas niñeras.
La primera, Beatriz, duró cuatro meses.
La segunda, seis semanas.
La tercera renunció.
La cuarta fue despedida.
Después Alejandro dejó de recordar sus nombres.
Cada vez que Valentina se encerraba en su habitación o rechazaba una comida, él pensaba que la persona encargada de cuidarla estaba fallando.
—Para eso les pago —decía.
Su hermana Mariana intentó advertirle.
—Alejandro, no puedes contratar a alguien para que haga desaparecer el duelo.
—Necesita estabilidad.
—Entonces deja de cambiarle de cuidadora cada mes.
—Las cambio porque ninguna funciona.
Mariana suspiraba.
—¿Y si el problema no son ellas?
Alejandro se enfadaba.
—¿Estás diciendo que soy yo?
Ella respondía:
—Estoy diciendo que también perdiste a Sofía y llevas dos años fingiendo que solo Valentina necesita ayuda.
Aquella conversación siempre terminaba igual.
Alejandro volvía al trabajo.
Allí todo tenía solución.
Una obra se retrasaba.
Pagaba más personal.
Un contrato fallaba.
Negociaba otro.
Un gerente cometía errores.
Lo reemplazaba.
La vida empresarial había enseñado a Alejandro que casi cualquier problema podía solucionarse encontrando a la persona adecuada.
Por eso llegó a la niñera treinta y siete.
Se llamaba Patricia.
Tenía experiencia.
Referencias excelentes.
Había trabajado con niños durante quince años.
Duró veintitrés días.
La última mañana encontró a Valentina cortando fotografías antiguas de revistas.
Intentó quitarle las tijeras.
La niña comenzó a gritar.
Después lanzó un vaso contra una pared.
Patricia llamó a Alejandro.
—Necesitamos hablar.
