Silencio.
—Está despedido.
Esteban asintió lentamente.
—Lo imaginé.
Guardó sus herramientas.
Antes de marcharse dijo:
—Su hija no necesita que alguien consiga que olvide a su madre. Necesita saber que recordarla no va a destruir también a su padre.
Alejandro no respondió.
Esteban salió de la propiedad.
Aquella noche ocurrió algo que Alejandro no esperaba.
Valentina no cenó.
No bajó de su habitación.
Él fue a verla.
—Vale.
No respondió.
—Necesito hablar contigo.
Silencio.
—Esteban ya no trabaja aquí.
Ella levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque hizo algo sin permiso.
—Yo se lo pedí.
—No importa.
—Sí importa.
—Valentina…
La niña comenzó a llorar.
—Tú echas a todos.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—A todos.
—Solo cuando…
—Beatriz.
Era la primera niñera.
—Patricia.
La última.
Después empezó a decir nombres.
Alejandro no sabía que los recordaba.
Ella sí.
—Todas se van porque tú las echas.
—Algunas no sabían cuidarte.
Valentina gritó:
—¡YO NO QUIERO QUE ME CUIDEN!
Alejandro nunca la había escuchado gritar así.
—Quiero a mamá.
Las palabras lo destruyeron.
Se sentó.
—Yo también.
Valentina continuó llorando.
—Entonces ¿por qué nunca hablas de ella?
No pudo responder.
Porque la respuesta era vergonzosamente sencilla.
Le dolía.
Había utilizado el trabajo, la disciplina y una cadena interminable de cuidadores para evitar sentarse con su hija y decir:
“Estoy triste también.”
Aquella noche habló de Sofía.
Durante dos horas.
Recordaron cómo cantaba mal.
Cómo quemaba tostadas.
Cómo se enfadaba cuando Alejandro trabajaba durante vacaciones.
Valentina contó cosas que él no sabía.
Sofía le había prometido la casita.
Le había dicho que plantarían lavanda alrededor.
Alejandro lloró.
