Valentina sonrió.
Construyeron una pequeña repisa.
La fotografía quedó arriba.
La casita no se convirtió en un mausoleo.
Valentina llevaba amigas.
Jugaba.
Dibujaba.
A veces entraba cuando estaba triste.
Y algunas tardes Alejandro se sentaba afuera.
No cabía cómodamente dentro.
—Eres demasiado grande —decía ella.
—La casa está mal diseñada.
—Tú eres arquitecto de edificios feos.
—Soy promotor, no arquitecto.
—Lo mismo.
Poco a poco la mansión volvió a tener sonidos.
No porque Valentina olvidara.
Porque dejó de sentir que debía esconder el recuerdo para proteger a su padre.
Pasaron tres años.
Alejandro nunca volvió a contratar una niñera permanente.
No porque todas fueran innecesarias.
Simplemente Valentina había crecido y su organización familiar cambió.
Sí contrató ayuda cuando era necesaria.
Pero dejó de pensar que pagar a alguien significaba transferirle la responsabilidad emocional de ser padre.
Esteban continuó trabajando en la propiedad.
Un día Alejandro encontró algo en su oficina.
Una lista.
Treinta y siete nombres.
Todas las niñeras.
—¿Qué es esto?
Su administradora respondió:
—Las personas que trabajaron con Valentina.
—¿Por qué la tienes?
—Usted pidió conservar los expedientes.
Alejandro observó los nombres.
Sintió vergüenza.
Muchas habían cometido errores.
Otras no encajaban.
Pero varias probablemente fueron despedidas porque él necesitaba culpar a alguien de que su hija siguiera sufriendo.
Tomó una decisión.
No hizo un espectáculo.
No publicó nada.
Simplemente revisó cada caso.
A algunas les debía disculpas.
A otras no.
Contactó a quienes pudo.
La reacción más sorprendente fue de Beatriz, la primera.
—Señor Ferrer, no tiene que disculparse conmigo.
—Sí.
—Su esposa acababa de morir.
—Eso explica mi comportamiento. No necesariamente lo justifica.
Beatriz guardó silencio.
—¿Cómo está Valentina?
—Mejor.
—Me alegro.
Antes de terminar, dijo:
—Ella nunca necesitó una niñera perfecta.
—Ahora lo sé.
—Necesitaba un padre dispuesto a estar triste con ella.
Exactamente.
Cuando Valentina cumplió doce años, Alejandro organizó una cena pequeña.
No una de las fiestas gigantescas de otros tiempos.
Ella había pedido:
—Solo gente que conozco.
Esteban estaba invitado.
Antes de cortar el pastel, Valentina dijo que tenía un regalo para él.
Le entregó una caja.
Dentro había una pequeña placa de madera.
“Para el hombre que terminó una casa que mamá no pudo terminar.”
Esteban lloró.
Alejandro también.
—Otra vez llorando, señor Ferrer —bromeó Esteban.
—Cállese o lo despido.
Todos rieron.
Valentina levantó una ceja.
—Papá.
—Es una broma.
—Más te vale.
Aquella noche, después de que todos se marcharon, Alejandro fue hasta la casita.
Había crecido algo de lavanda alrededor.
Exactamente como Sofía había planeado.
Encontró a Valentina sentada dentro.
—¿Puedo entrar?
—No cabes.
—Haré el esfuerzo.
Se sentó torpemente.
La fotografía de Sofía continuaba en la repisa.
Valentina preguntó:
—¿Todavía la extrañas?
—Todos los días.
—Yo también.
—¿Te duele?
Pensó.
—Diferente.
—A mí también.
Se quedaron en silencio.
Alejandro miró la pequeña construcción.
Pensó en las treinta y siete niñeras.
En médicos.
En viajes.
En actividades.
En todas las cosas que había intentado comprar para hacer desaparecer algo que nunca debía desaparecer.
El amor de una niña por su madre.
Esteban no había hecho magia.
No había “curado” a Valentina.
No había reemplazado a nadie.
Había hecho algo muchísimo más sencillo.
