La deuda oculta de la familia del novio
Siete años antes, la compañía de la familia de Andrés había atravesado una crisis grave. Un proyecto inmobiliario había fracasado, los bancos les negaban refinanciación y estaban al borde de la insolvencia. A través de un consultor, don Juan había aceptado prestarles una suma considerable sin conocerlos personalmente.
Cuando alguien preguntó el monto, don Juan lo mencionó. El salón enmudeció. La cifra superaba varias veces el valor del departamento que la madre del novio acababa de regalar a los recién casados. «No puede ser», susurró la mujer. «Sí puede ser», respondió él. «Y aún no me han devuelto todo.»
Andrés miró a su padre, quien no levantaba la vista del plato. Comprendió entonces que su padre lo sabía. El hombre confesó que conocía el nombre de la empresa, pero solo hacía unos meses había descubierto que el dueño era el padre de Ana, la novia. No lo había considerado relevante mencionarlo.
El verdadero regalo
Ana, con los ojos llenos de lágrimas, preguntó a su padre por qué le había entregado ese contrato. Él le pidió que leyera la última página. Existía un anexo redactado tres días antes. Don Juan renunciaba a la suma pendiente de cobro de la compañía de la familia del novio. Pero ese no era el regalo.
A cambio de la cancelación de la deuda, la participación accionaria que don Juan había recibido como garantía años atrás sería transferida a Ana. Su hija se convertía en una de las principales accionistas de la empresa donde la familia de Andrés había construido su fortuna.
«Es absurdo», murmuró la madre del novio. Don Juan miró a su hija y le explicó: no le daba dinero porque el dinero se gasta, ni un auto porque los autos envejecen. Quería dejarle algo que le garantizara independencia. Ana lloraba. «¿Por qué nunca me lo dijiste?», preguntó. «Porque no quería que crecieras creyendo que la riqueza de una persona define su valor», respondió él.
