La verdad que Andrés nunca quiso contarme
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Enfermo?
Ramiro asintió.
—Hace varios meses comenzaron a hacerle estudios. Él nos pidió que no dijéramos nada.
Mi primera reacción fue negarlo.
—No. Eso no puede ser. Andrés está bien. Yo lo veo todos los días.
Ramiro me miró con tristeza.
—Precisamente por eso quiso mantenerlo en secreto.
Entonces comprendí todas aquellas noches.
Las lágrimas que había intentado esconder.
El cansancio.
Las ausencias.
Las respuestas evasivas.
Yo había pensado que estaba demasiado ocupado con el hospital.
Quizá, en realidad, estaba intentando protegernos.
—¿Dónde está? —pregunté.
Ramiro señaló el pasillo.
—En su consultorio.
Caminé hasta allí con las piernas temblando.
Abrí la puerta lentamente.
Andrés estaba sentado frente a su escritorio.
Al verme, se quedó completamente paralizado.
Miró el recipiente que llevaba en las manos y después mi rostro.
—¿Qué haces aquí?
Dejé el almuerzo sobre la mesa.
—Vine a sorprenderte.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quería que lo supieras así.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Andrés bajó la cabeza.
Durante unos segundos no respondió.
Finalmente dijo:
—Porque tenía miedo.
Aquella respuesta me rompió el corazón.
No estaba hablando como el cirujano seguro de sí mismo que todos conocían.
Estaba hablando como un hombre asustado.
Me acerqué y tomé su mano.
—Soy tu esposa, Andrés. No tenías que enfrentarte a esto solo.
Entonces me contó todo.
Los médicos habían encontrado una enfermedad seria y llevaba meses sometiéndose a estudios y tratamientos. Había intentado mantener su rutina profesional porque necesitaba sentirse útil y, sobre todo, porque no quería que nuestra hija lo viera preocupado.
Había pensado que podía protegernos ocultándonos la verdad.
Pero su secreto había terminado lastimándonos de otra manera.
