La verdad estaba en la plaza
Daniela salió corriendo.
Recordó el mensaje anónimo.
Llegó a la plaza y comenzó a buscar desesperadamente.
Entonces los vio.
Su madre estaba sentada bajo unos arcos, sosteniendo un pequeño vaso con monedas.
Su padre, mucho más delgado de lo que Daniela recordaba, limpiaba los parabrisas de los vehículos.
Durante unos segundos nadie habló.
—Mamá…
La mujer levantó la cabeza.
Al reconocerla, comenzó a llorar.
—Daniela…
La joven se arrodilló frente a ellos.
—¿Qué pasó?
Su padre bajó la mirada.
—No queríamos que nos vieras así.
—¿Dónde está el dinero que les enviaba?
Su madre comenzó a llorar todavía más.
—Nunca recibimos todo ese dinero, hija.
Daniela sintió un golpe en el pecho.
Durante ocho años había trabajado pensando que sus padres estaban protegidos.
Había enviado dinero para medicamentos, alimentos, reparaciones y gastos de la casa.
Entonces comprendió que alguien había estado ocultándole la verdad.
—¿Fue Mauricio?
Su padre no respondió.
Solo miró hacia una camioneta negra estacionada al otro lado de la plaza.
—No le digas que estamos aquí —susurró.
El teléfono de Daniela vibró.
Era Mauricio.
“Ya sé que estás con ellos.”
