Carol se levantó rápidamente.
—Necesito hablar con el médico. Ahora.
La enfermera salió y regresó unos minutos después acompañada por el pediatra.
Carol le contó todo.
El médico escuchó en silencio y después examinó cuidadosamente el brazo de nuestra hija.
—La marca de nacimiento no demuestra ningún parentesco —explicó—. Puede ser completamente casual.
Sentí algo de alivio.
Pero entonces el médico añadió:
—Sin embargo, si existe una historia familiar como la que acaba de contar, una prueba genética podría aclarar las cosas.
Daniel me tomó de la mano.
—La hacemos.
Yo asentí.
No porque creyera que Carol tenía razón.
Sino porque necesitaba saber por qué mi suegra había reaccionado de aquella manera.
Dos días después, abandonamos el hospital con nuestra hija.
Carol no volvió a mencionar la adopción.
Solo nos pidió que esperáramos los resultados.
Durante esas semanas, nuestra familia vivió una incertidumbre insoportable.
Yo miraba a mi hija dormir y me preguntaba cómo podía ser posible que una simple marca de nacimiento hubiera provocado semejante reacción.
Finalmente llegó la llamada.
El laboratorio tenía los resultados.
Fuimos juntos.
La doctora colocó varios documentos sobre el escritorio.
—Los resultados son concluyentes —dijo.
Sentí que mi corazón se aceleraba.
Daniel preguntó:
—¿Nuestra hija es nuestra hija biológica?
La doctora sonrió.
—Sí. Los resultados confirman que ustedes son sus padres biológicos.
Sentí que las piernas me temblaban.
Pero entonces la doctora continuó:
—Sin embargo, hay algo que deben saber.
Miré a Daniel.
—¿Qué?
