Muchísimos.
No cinco.
No diez.
Decenas.
Mi primera reacción fue pensar que el rumor de las peleas podía ser cierto.
Bajé del automóvil.
Me acerqué.
Había una pequeña puerta abierta.
Desde allí el ruido era todavía mayor.
Estaba a punto de mirar cuando alguien habló detrás de mí.
—¿Está buscando algo?
Casi salté.
Era Mercedes.
—Yo…
No sabía qué decir.
Miró mi automóvil.
Después a mí.
—Me siguió.
No era una pregunta.
—Sí.
—¿Por qué?
Decidí decir la verdad.
—La gente está hablando.
—La gente siempre habla.
—Dicen que aquí hay muchos animales.
—Eso es cierto.
—Y que quizá…
No conseguí terminar.
Mercedes frunció el ceño.
—¿Peleas?
Me sorprendió que lo supiera.
—Alguien lo mencionó.
Durante varios segundos pareció enfadada.
Luego abrió completamente la puerta.
—Entre.
No esperaba aquello.
—¿Está segura?
—Ya vino hasta aquí. Mejor vea antes de inventar el resto.
Entré.
Lo primero que me sorprendió fue que el interior no estaba abandonado.
La fachada sí.
Pero dentro habían construido divisiones.
Había ventiladores.
Bebederos.
Camas.
Zonas de limpieza.
Un pequeño consultorio.
Y perros.
Decenas de perros.
Grandes.
Pequeños.
Viejos.
Jóvenes.
Algunos sin una pata.
Otros con cicatrices.
Varios permanecían dentro de espacios separados.
Una mujer con uniforme veterinario estaba revisando a uno.
Dos voluntarios limpiaban.
El conductor de la camioneta distribuía la carne hacia una cocina industrial.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué es esto?
Mercedes respondió:
—Mi problema.
La miré.
Sonrió.
—Al menos así lo llama el ayuntamiento.
Caminamos.
Había nombres escritos en pequeñas fichas.
“Luna”.
“Max”.
