Donaciones ocasionales.
Una pequeña organización.
Pero Mercedes cubría una gran parte.
—¿De dónde saca el dinero?
—De mis ahorros.
La miré sorprendido.
—¿Todos?
—¿Para qué quiero dinero cuando tenga noventa años?
—Pero…
—Andrés, tengo casa. Tengo comida. Tengo una pensión. No necesito mucho.
Me impresionó que supiera mi nombre.
—Se lo pregunté a su hermano hace meses —dijo.
Seguimos caminando.
Entonces vi un perro que permanecía separado.
Era enorme.
Negro.
Tenía parte de una oreja mutilada y cicatrices en el hocico.
—¿Ese peleaba?
Mercedes bajó la mirada.
—A él sí lo utilizaron para eso.
Se llamaba César.
Había sido encontrado encadenado dentro de una propiedad después de una denuncia.
Cuando llegó era extremadamente agresivo por miedo.
—Íbamos a buscarle una solución diferente —explicó—. Pero Ernesto insistió.
—¿Su esposo?
Asintió.
—Dijo que nadie nace queriendo pelear.
Trabajaron con César durante meses.
Hoy podía estar cerca de personas específicas, aunque mantenían protocolos estrictos.
—Ernesto lo adoraba.
—¿Dónde está su esposo ahora?
Mercedes tardó unos segundos.
—Murió hace tres años.
Entonces comprendí por qué continuaba.
Aquella nave no era simplemente un refugio.
Era lo último que había construido con él.
—¿Por qué mantenerlo tan escondido?
Mercedes suspiró.
—Porque cuando la gente escucha “más de cien perros”, inmediatamente imagina suciedad, enfermedad y ruido.
—Pero aquí está limpio.
—Porque limpiamos todo el día.
También existía otro problema.
El terreno valía dinero.
Mucho.
Un sobrino de Ernesto quería venderlo.
Mercedes tenía derecho de uso sobre parte de la propiedad, pero existía una disputa legal.
