Si demasiada atención llegaba antes de resolver permisos y documentación, temían que clausuraran el refugio y distribuyeran los animales sin un plan adecuado.
—Eso explica los rumores.
—No me importan los rumores.
Me miró.
—Me preocupan los perros.
Sentí vergüenza.
Yo había seguido a una anciana pensando que podía estar participando en algo oscuro.
En realidad gastaba su jubilación alimentando animales que otras personas habían abandonado.
Antes de irme pregunté:
—¿Por qué no dice públicamente lo que hace?
—Porque no quiero aplausos.
—Pero necesita ayuda.
Mercedes se quedó callada.
—Eso sí.
Aquella tarde regresé a la carnicería.
Roberto preguntó:
—¿Qué encontraste?
Le conté todo.
No me creyó.
—¿Ciento doce perros?
—Sí.
—¿Ahí dentro?
—Sí.
—¿Y la vieja paga eso?
—Una gran parte.
Roberto permaneció pensativo.
Después hizo algo que no esperaba.
Sacó la libreta donde registrábamos desperdicios y excedentes.
—¿Cuánta carne apta terminamos vendiendo con descuento porque nadie la quiere?
Hicimos cuentas.
Bastante.
A la mañana siguiente Mercedes llegó como siempre.
—Sesenta kilos —dijo.
Roberto respondió:
—Hoy son cuarenta.
Ella lo miró.
—Necesito sesenta.
—Los otros veinte van por nuestra cuenta.
Mercedes frunció el ceño.
—No quiero caridad.
—No es para usted.
Señaló las cajas.
—Es para ellos.
La anciana intentó discutir.
Perdió.
Esa fue nuestra primera donación.
Después ocurrió algo que cambió todo.
Yo trabajaba también administrando la página de la carnicería en redes sociales.
Le pregunté a Mercedes si podíamos contar la historia.
