Golpeó la libreta de ahorros.
“Quería que tuviéramos un colchón.”
“¿Por qué?”
“Para que si el coche se averiaba, no entráramos en pánico.”
Sonrió con tristeza.
“Para que si algún día odiabas tu trabajo, no tuvieras que quedarte porque había que pagar el alquiler.”
Tragué saliva.
“Para que si algo pasaba, no tuvieras que pensar que la única forma de volver a casa era con gente que te trataba como si amarme fuera un fracaso.”
Mi visión se nubló.
“¿Hiciste todo esto por eso?”
“Por nosotros.”
Volví a mirar el dinero.
No era riqueza.
Seguridad.
Eso era lo que había construido.
En silencio.
Dólar a dólar.
Odié el pensamiento que había cruzado por mi cabeza minutos antes.
Otra mujer.
Una vida oculta.
Una traición.
Susurré:
“Pensé que este sobre nos iba a destruir”.
La expresión de Leo se suavizó.
“Lo sé”.
“No lo sabes”.
Negué con la cabeza.
“Lo abrí esperando algo terrible”.
Esperó.
“Pensé que tal vez había otra chica”.
“No la hay”.
“O deudas”.
“No”.
“O que habías mentido sobre tu familia”.
“Aurora”.
“Lo sé”.
Mi voz se quebró.
“Eso es lo que me asusta”.
Me tomó de la mano.
Lo dejé.
“Mi madre no me abandonó así como así”.
Miré nuestras manos entrelazadas.
“Dejó algo dentro de mí”.
Leo no dijo nada.
“Esta voz”.
—¿Qué dice?
Me reí amargamente.
—Que nadie se queda gratis.
Su pulgar rozó mis nudillos.
—Que todo el mundo quiere algo.
Me apretó la mano.
—Y que si algo se siente demasiado bien, es que aún no he encontrado el precio.
Leo me miró fijamente durante un largo rato.
Luego dijo:
—Nada en ese sobre tiene condiciones.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo sé intelectualmente.
—Lo aprenderás emocionalmente.
Lo miré.
—Suenas muy seguro.
—Tengo tiempo.
Eso casi me derrumba.
Entonces su expresión cambió.
—Hay algo más.
Miré fijamente el segundo sobre.
—No.
Sonrió.
—Sí.
—Leo, ya soy emocionalmente inestable.
—Esta parte también está bien. —Dijiste eso del primer sobre con cara de haber cometido un delito.
—De acuerdo.
Tomé el sobre sellado.
Pesaba más en una esquina.
Había algo sólido dentro.
—Antes de abrirlo, dime si necesito vino.
—No podemos permitirnos el vino del motel.
—Entonces más vale que sea excelente.
Su sonrisa se desvaneció un poco.
—Hace tres meses fui a ver a tu madre.
La habitación se inclinó.
Bajé el sobre.
—¿Qué hiciste?
—Conduje hasta la casa de tus padres.
—¿Por qué?
—Necesitaba decirte algo.
—Leo.
—No pedí dinero.
—¿Qué hiciste?
—Tu padre no estaba en casa.
Respiró hondo.
—Tu madre contestó.
Podía imaginarlo. Cecilia estaba de pie en aquel enorme umbral.
Cabello perfecto.
Ropa impecable.
Mirando a Leo como si le hubieran entregado el paquete equivocado.
—Le pedí que me diera diez minutos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que no quería su confianza.
Me miró.
—No quería ayuda con la boda.
—¿Entonces por qué fuiste?
—Le pedí que te llamara.
Me quedé inmóvil.
—Solo una vez.
Continuó.
—Le dije que no tenía…
para que me aprobara.
Apretó la mandíbula.
—No tenía por qué invitarme a Navidad.
—Leo.
—Le pedí que dejara de castigarte por elegir tu propia vida.
Me ardían los ojos.
—¿Qué te dijo?
